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Artículo

La actividad física, clave para mejorar la atención y la hiperactividad

El ejercicio como herramienta terapéutica para niños y adolescentes con trastorno por déficit de atención e hiperactividad
Raquel Prat Farràs

Raquel Prat Farràs

Profesora lectora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación
Universitat Oberta de Catalunya
Niña jugando a baloncesto.
©Getty images via Canva.com

Resumen

La actividad física se presenta como una intervención complementaria efectiva para mejorar los síntomas del TDAH, al aumentar niveles de dopamina y norepinefrina, similar a los efectos de algunos fàrmacos utilizados para tratar este trastorno. El ejercicio, especialmente el cognitivamente exigente, refuerza funciones ejecutivas como el control inhibitorio y la memoria de trabajo, y favorece la neuroplasticidad. Las recomendaciones sugieren combinar tipos, duración y frecuencia del ejercicio para optimizar beneficios según las necesidades individuales. La incorporación de actividad física en el tratamiento del TDAH es esencial para un desarrollo integral cognitivo, emocional y físico de los niños.
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El trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) es una de las disfunciones del neurodesarrollo más comunes durante la infancia. Aunque los tratamientos farmacológicos y las intervenciones cognitivo-conductuales han sido durante mucho tiempo la base de su gestión, la reciente investigación científica ha puesto de relieve el potencial de una intervención complementaria poderosa, accesible y de bajo coste: la actividad física (Sun, Yu & Zhou, 2022). Para comprender cómo la actividad física puede tener un impacto en la sintomatología de estos trastornos, primero hay que entender cómo se define la actividad física en un contexto terapéutico y cómo funciona el TDAH a escala neurobiológica.

Definiendo el movimiento: actividad física, ejercicio y deporte

Para analizar el impacto del movimiento en el TDAH, es crucial diferenciar algunos términos que a menudo se utilizan de forma intercambiable. No todos los tipos de actividad física generan los mismos beneficios cognitivos, y entender estas distinciones es clave para diseñar programas que maximicen el impacto de la actividad física en la sintomatología del TDAH. Así pues, el movimiento se clasifica en tres niveles:

  • Actividad física: Es el concepto más amplio. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), se define como «cualquier movimiento corporal producido por los músculos esqueléticos que requiere un gasto de energía». Incluye desde andar para ir a la escuela hasta jugar en el patio o ayudar en las tareas domésticas.
  • Ejercicio: Es una subcategoría de la actividad física que se caracteriza por estar planificada y estructurada y ser repetitiva, con el objetivo de mejorar o mantener la forma física. En este contexto, se distinguen dos tipos principales de ejercicio:
    - Ejercicio aeróbico: Son actividades que implican movimientos relativamente estables y repetitivos que exigen una baja demanda cognitiva. Los ejemplos más habituales incluyen correr en una cinta, nadar o saltar a la cuerda.
    - Ejercicio cognitivamente exigente: Este tipo de ejercicio requiere un alto grado de compromiso cognitivo, puesto que implica tomar decisiones, planificar estrategias, utilizar la memoria y resolver problemas en tiempo real. Algunos ejemplos claros incluyen deportes de raqueta como el tenis de mesa, deportes de equipo como el fútbol o el baloncesto, artes marciales, deportes acuáticos o incluso el exergaming (videojuegos que requieren movimiento físico).
  • Deporte: Se considera una forma estructurada de ejercicio, a menudo de carácter competitivo y regido por normas. La mayoría de los deportes se incluyen dentro de la categoría de ejercicio cognitivamente exigente a causa de las demandas tácticas y de respuesta rápida que imponen.
    Esta distinción, especialmente entre el ejercicio aeróbico y el ejercicio cognitivamente exigente, es fundamental. Como veremos, la investigación demuestra que el componente cognitivo de la actividad física es un factor determinante en la mejora de las funciones ejecutivas en personas con TDAH (Li et al., 2025).
Deporte infantil

Beneficios del deporte en niños y adolescentes

Comprendiendo el TDAH: más allá de la atención y la hiperactividad

Es fundamental definir el TDAH no sólo como un simple problema de comportamiento, sino como lo que realmente es: un trastorno del neurodesarrollo con bases neurológicas definidas. Esta perspectiva nos permite entender que las dificultades que experimentan los niños y adolescentes con TDAH son el resultado de diferencias en la estructura y función cerebral que afectan directamente a sus capacidades cognitivas.

A escala neurobiológica, el TDAH está relacionado con disfunciones en los sistemas de neurotransmisores, particularmente la dopamina y la noradrenalina. Estos neurotransmisores son cruciales para la motivación, la atención y la regulación de la conducta, lo que establece un vínculo directo con los mecanismos a través de los cuales la actividad física ejerce sus beneficios. Entender esta compleja interacción entre los síntomas nucleares del trastorno, las funciones ejecutivas y la neurobiología es el primer paso para diseñar intervenciones de actividad física efectivas.

La ciencia detrás de la actividad física y el cerebro

Los beneficios de la actividad física en el TDAH no son una casualidad; se basan en cambios neurobiológicos medibles y bien documentados. Conocer estos mecanismos nos ayuda a entender por qué la actividad física es una herramienta terapéutica tan potente:

  • La actividad física aumenta los niveles de dopamina y norepinefrina en el córtex prefrontal, el área cerebral responsable de la planificación y el control. Este mecanismo es sorprendentemente similar al de muchos medicamentos estimulantes utilizados para el TDAH, que actúan sobre estos mismos neurotransmisores para mejorar la atención y el control de impulsos.
  • El cerebro no es una estructura estática; tiene la capacidad de cambiar y adaptarse (neuroplasticidad). El ejercicio, especialmente el ejercicio cognitivamente exigente, actúa como un potente estimulador de esa plasticidad. Promueve el fortalecimiento de las sinapsis (las conexiones entre neuronas) y mejora la conectividad neuronal en el córtex prefrontal, reforzando así los circuitos cerebrales que sustentan las funciones ejecutivas.
  • La actividad física aumenta la expresión del factor neurotrófico derivado del cerebro (BDNF), una proteína crucial para la supervivencia, el crecimiento y la diferenciación de las neuronas. En el contexto del TDAH, es especialmente relevante porque ayuda a proteger y mantener las neuronas dopaminérgicas, que están directamente implicadas en la etiología del trastorno.

En resumen, la actividad física no sólo «quema energía», sino que remodela activamente el cerebro, haciéndolo más eficiente en las áreas donde las personas con TDAH presentan mayores dificultades. Estos mecanismos biológicos son la base para las aplicaciones prácticas que podemos implementar en el día a día.

Niño con TDAH

Comprender a los niños que tienen TDAH

Beneficios de la actividad física en el TDAH

La idea de que la actividad física es beneficiosa para el TDAH ha pasado de ser una hipótesis a una conclusión avalada por una sólida evidencia científica. Numerosos metaanálisis y revisiones sistemáticas han evaluado la eficacia de las intervenciones en actividad física, confirmando que son una estrategia complementaria eficaz para mejorar las áreas clave afectadas por el trastorno.

La investigación demuestra que las intervenciones con actividad física tienen un efecto positivo en las funciones ejecutivas de los niños y adolescentes con TDAH (Li, Wang & Li, 2025). Específicamente, se observan mejoras en:

  • El control inhibitorio (capacidad para frenar los impulsos).
  • La memoria de trabajo (capacidad para mantener, manipular y organizar la información mentalmente).
  • La flexibilidad cognitiva (capacidad de adaptarse a los cambios).

El ejercicio cognitivamente exigente demuestra tener mayores efectos en las funciones ejecutivas que el ejercicio aeróbico. La razón es que este tipo de ejercicio no sólo activa el cuerpo, sino que también requiere una mayor implicación cognitiva. Actividades como los deportes de equipo o las artes marciales requieren una respuesta constante a un entorno impredecible, lo que estimula directamente el córtex prefrontal, una región cerebral estrechamente ligada a la función ejecutiva. Este desafío combinado fortalece las conexiones neuronales y promueve la neuroplasticidad, generando mejoras más sólidas y duraderas.

La actividad física remodela activamente el cerebro, haciéndolo más eficiente en las áreas donde las personas con TDAH presentan mayores dificultades.

Además de mejorar las funciones ejecutivas subyacentes, la actividad física también tiene un impacto directo en los síntomas nucleares del TDAH. Los metaanálisis muestran de forma consistente que la actividad física mejora eficazmente la atención. Por lo que se refiere a la hiperactividad y la impulsividad, los resultados son generalmente positivos, aunque algunos análisis no siempre encuentran efectos estadísticamente significativos, lo que sugiere que el impacto puede variar según el tipo de intervención y las características individuales.

El impacto positivo de la actividad física va más allá de la cognición y los principales síntomas de los trastornos. Varios estudios también han demostrado mejoras significativas en otras áreas importantes para el desarrollo integral:

  • Competencia motriz: mejora de la coordinación, el equilibrio y las habilidades motrices generales (Fang et al., 2024).
  • Habilidades sociales: especialmente en deportes de equipo, se fomenta la cooperación y la interacción con los demás (Zheng et al., 2025).
  • Salud mental asociada: algunas investigaciones sugieren una reducción de síntomas como la ansiedad, que a menudo coexiste con el TDAH (Cerrillo-Urbina et al., 2015).

Estos resultados plantean una pregunta clave para familias, docentes y profesionales de la salud: si el ejercicio es tan beneficioso, ¿qué tipo, cantidad y frecuencia son los más efectivos?

La «receta» de ejercicio: ¿qué dice la ciencia sobre la dosis?

Como punto de partida, las recomendaciones de la OMS aconsejan una media de 60 minutos diarios de actividad física de intensidad moderada a vigorosa para niños y adolescentes, un objetivo que sirve como excelente referencia global. Sin embargo, más allá de la cantidad, el tipo de actividad y la frecuencia son fundamentales.

En este sentido, el concepto Exercise is Medicine (el ejercicio es medicina), promovido por instituciones como el American College of Sports Medicine, subraya que la relación entre la cantidad de ejercicio y sus beneficios no es necesariamente lineal. Por tanto, más no siempre es mejor; el punto esencial es encontrar la combinación óptima de tipos, duración, frecuencia y período de la actividad. Un metaanálisis llevado a cabo por Li y sus colaboradores (2025) ofrece pautas claras para determinar estos factores:

  • La conclusión más contundente es que el ejercicio cognitivamente exigente es la opción más favorable para mejorar las funciones ejecutivas en comparación con el ejercicio aeróbico simple. Las actividades que requieren pensar, planificar y reaccionar en un entorno cambiante son más efectivas para estimular las redes neuronales implicadas en el TDAH.
  • No existe una correlación directa en la que más minutos por sesión, más días a la semana o un período de intervención más largo garanticen siempre más beneficios. La ciencia apunta a la existencia de un rango óptimo. Más allá de este punto, los efectos positivos pueden disminuir o estancarse. El objetivo no es la mayor cantidad, sino la dosis más efectiva.
  • La dosis ideal cambia según su objetivo cognitivo. Por ejemplo, la investigación sugiere que para mejorar óptimamente el control inhibitorio, la dosis ideal podría consistir en sesiones de menos de 60 minutos, tres o más veces por semana; mientras que para mejorar la memoria de trabajo, la dosis óptima son sesiones de 60 minutos o más pero menos de tres veces por semana. Cada función ejecutiva muestra una respuesta ligeramente diferenciada en las diversas «recetas» de ejercicio.
  • No existe una fórmula única que sirva para todos. La selección del tipo de actividad, la frecuencia y la duración debe basarse en las diferencias individuales de la persona con TDAH. Factores como la presentación del trastorno (predominantemente inatento, hiperactivo/impulsivo o combinado), el género y la presencia de comorbilidades (como la ansiedad) son cruciales para diseñar un programa que consiga resultados óptimos.

En resumen, aunque no existe una «píldora de ejercicio» universal, la ciencia proporciona un marco sólido para personalizar las intervenciones, un conocimiento que puede traducirse en recomendaciones prácticas para diferentes contextos.

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Recomendaciones prácticas para familias, docentes y profesionales de la salud

Traducir las conclusiones científicas en acciones concretas es el paso final para aprovechar el poder de la actividad física. A continuación, se presentan consejos prácticos y basados ​​en la evidencia, diseñados para ser implementados en el entorno escolar, familiar y de la salud:

Las escuelas son un entorno ideal para integrar la actividad física de forma estructurada. Se recomienda y implementar actividades deportivas con una alta implicación cognitiva durante las clases de educación física o como actividades extraescolares. Deportes como el fútbol y el bádminton son excelentes opciones, ya que combinan el ejercicio aeróbico con la necesidad de tomar decisiones rápidas, coordinarse con compañeras y compañeros y planificar estrategias.

El ejercicio cognitivamente exigente es la opción más favorable para mejorar las funciones ejecutivas en comparación con el ejercicio aeróbico simple. Deportes como el fútbol y el bádminton son excelentes opciones

Organizar actividades deportivas en familia no sólo mejora las funciones ejecutivas del niño, sino que también fortalece los vínculos y las interacciones familiares. Opte por actividades que sean cooperativas y cognitivamente exigentes. Algunas ideas incluyen crear carreras de obstáculos familiares en el parque, jugar a baloncesto u organizar partidos de fútbol. Estas actividades promueven la planificación, el trabajo en equipo y la adaptación a reglas y situaciones cambiantes.

Los profesionales de la salud mental que trabajan con niños y adolescentes con TDAH pueden mejorar significativamente la eficacia de sus intervenciones incorporando la actividad física. Prácticas como el malabarismo, que requiere una gran concentración y coordinación, o el minibaloncesto, que adapta un deporte complejo a la escala de los niños, son excelentes herramientas para trabajar las funciones ejecutivas de una forma lúdica y efectiva.

Integrar la actividad física en el tratamiento del TDAH

La actividad física es una herramienta terapéutica de primer orden para el TDAH (Fang et al., 2024). Lejos de ser una simple forma de «quemar energía», la actividad física, y en particular el ejercicio cognitivamente exigente, se ha demostrado como una intervención no farmacológica eficaz para mejorar las funciones ejecutivas fundamentales como la atención, el control inhibitorio y la memoria de trabajo, al tiempo que reduce los principales síntomas del trastorno.

Es hora de considerar la actividad física no como un complemento opcional, sino como parte integral y fundamental en cualquier plan de tratamiento holístico para las personas con TDAH. Sus beneficios adicionales como la mejora de la forma física, la adquisición de competencias motrices y el fomento de las habilidades sociales, la convierten en una estrategia prometedora desde todos los puntos de vista.

Integrar la actividad física de manera inteligente y personalizada en la vida diaria de los niños y adolescentes con TDAH es invertir directamente en su desarrollo cognitivo, emocional y físico, proporcionándoles herramientas para prosperar en la escuela y más allá.